Datos personales
- Luisa Fernanda Ramírez
- Soy cotidiana, y eso para mi ya es muy importante. Desde lo común se perciben cosas y situaciones que no son posibles en otros aspectos. Me gusta el marketing, lo ejerzo y lo he llevado hasta las aulas universitarias, las cuales son mi principal complemento para todo lo demás. Los animales son otra de mis pasiones y preocupaciones. El medio ambiente y la vida en sociedad son otros temas también que ocupan mis días. Escribo por gusto no por obligación y afortunadamente encontré un trabajo en el que me pagan por hacerlo.
jueves, 3 de mayo de 2012
LA SILLA AZUL: EL RETRATO DE UNA SOCIEDAD QUE NECESITA EL CONTROL PARA APENAS FUNCIONAR
El control se ejerce como una manera de ejecutar un sistema para que este funcione correctamente y aún así se presentan desajustes porque este no es suficiente para establecer el orden. Y hay muchos tipos de control que son necesarios, no negociables, de los cuales no me dedicaré a hablar en este blog. Sin embargo, el control que se desprende de la cultura heterónoma, de esa a la que el ser humano de este contexto, de nuestra ciudad, está acostumbrado, de ese sí voy a hablar.
Si se entiende que la heteronomía alude a la costumbre de tener un policía, un vigilante, un supervisor, un fiscal de los actos cotidianos, empezaremos a entender que como sociedad no podemos llamarnos desarrollados, porque no somos capaces de hacer cosas sin que otros nos lo digan, porque no hemos aprendido a autorregularnos, a respetar al otro, no por la sanción misma sino por el sentido de lógica que debe haber en el comportamiento cotidiano. Si eso sucediera, el antónimo perfecto de la heteronomía sería la autonomía y de eso la sociedad capitalina, poco y nada.
Puse este título porque esa dependencia absurda al control y al hacer “porque toca” y no “porque quiero” se evidencia en circunstancias tan sencillas como las presentes en el servicio de transporte urbano. ¿Por qué hay sillas azules y sillas rojas? Porque si un sistema no le indica a la gente que hay otros que necesitan sentarse por su edad, por su condición, por su limitación, estas personas pasarían desapercibidas como pasa en otros escenarios simplemente porque no hay cultura en educación y en consideración a los otros. Si nuestra maraña social fuera autónoma realmente, no habría necesidad de recordar con colores que hay privilegios que se tienen por una necesidad apenas obvia. Y con todo esto veo todo el tiempo gente que se pelea por un puesto, otros que gritan “una silla azul” pero ni siquiera se levantan de la roja que tienen por ceder su puesto a quien lo requiere.
Lo anterior es solo una de las muchas cosas que reflejan la dependencia a ese absurdo control. En las calles y claro, en las personas conocidas, es muy común ver que se respeta el semáforo o se usa el cinturón pensando más en el parte y la caución que en el sentido lógico de preservar la vida ajena y la propia. En los fines de semana es un infierno ir por auto en la ciudad porque sencillamente como no hay “pico y placa” cada propietario piensa que es justo sacar su carro ya que la norma no opera, así sea para recorrer distancias estúpidas de la casa a la esquina o de la casa a otro parqueadero de un centro comercial, pero muy pocos se miden así mismos en la conciencia de restringirse por respeto a la ciudad, al ambiente, a la comodidad misma.
Otros escenarios en los que tristemente se observa la heteronomía es en las aulas de clase y en las oficinas de trabajo. En el primero, los estudiantes necesitan un vigilante para presentar sus pruebas porque de lo contrario no serían capaces de entender que una evaluación es el resultado de su verdadero conocimiento y se trabaja para la valoración cuantitativa de corto plazo pero no para la vida de largo plazo. En el segundo, la mayoría de personas llegan temprano y hacen acto de presencia si su jefe vive al tanto de sus actividades, pero por debajo, se dedican a otros menesteres cuando nadie está mirando. Es por esto, que la sociedad depende de un control arbitrario para funcionar apenas, pero qué ideal y utópico sería que hiciéramos las cosas porque las queremos hacer, porque tenemos una responsabilidad propia y con los demás, porque adquirimos un compromiso en el cual es inherente responder sin que nos estén recordando que hay que llegar a tiempo, que hay que pagar las deudas, que las sillas sin importar el color es para quien realmente las necesita, no para el que quiere irse cómodo.
sábado, 18 de febrero de 2012
LA PERMISIVIDAD DE LOS MEDIOS
Cuando estudiaba Comunicación Social por allá en los noventa, si había algo que me apasionaba era precisamente el tema de los medios y toda la aproximación teórica y filosófica acerca de su influjo en la sociedad próxima al nuevo milenio. Nunca me mató trabajar en alguno aunque posteriormente lo hice, porque mis expectativas siempre se inclinaron hacia la investigación y por cosas que son tema de otro blog, terminé en el mercadeo. Aún así, desde otra perspectiva, sigo sin estar ajena a este gusto del que confieso, cada vez más me cuesta ser objetiva, será porque mi mirada es más la de un receptor común y corriente o porque inevitablemente los consumo tratando de hallar algo de qué hablar en ellos.
Lo cierto es que cada vez me indigno más, me aburro más. Pienso que el zapping me ha llevado a ser inconforme y que la aparición de Youtube anuló mi audiencia por las emisoras, que me siento más informada por Twitter que por los diarios, no sé, lo que sí tengo claro es que en un contexto donde la transparencia, la necesidad de información y la apertura mental a diferentes formas de pensar, de ser y de sentir es cada instante más latente, siento que aún los medios tratan a lo público como material de quinta y juegan peligrosamente con el imaginario colectivo de la gente.
No voy a hablar de los contenidos, es válido que haya de todo: desde el programa dedicado a chismosear la vida de la gente como el científico que le enseña a uno algo. Hay de lo banal y de lo profundo, como en la cotidianidad, como en el día a día, y los canales son libres de hacer con su parrilla de programación lo que les venga en gana porque finalmente en una sociedad global, “hay para darle gusto a todos”. Pero ojo, los medios muchas veces confunden la diversidad y la irreverencia, la polémica y la controversia, con la permisividad por el irrespeto. Desde mi óptica, ya son un irrespeto los contenidos estúpidos y poco preparados, pero hasta ahí ‘aguantan’ si se sabe que hay quién los disfrute. Sin embargo darle pie a que se juegue con el ego y la autoestima de las personas, ya eso es otra cosa.
En estos días la ‘gran diva de divas’ denominada así por los medios, más no porque tenga un talento real aparte del de hacerle la guerra al honorable paso del tiempo a punta de trampas quirúrgicas, Grisales, insultó a una participante cuando se burló de su problema de ojos y prácticamente la llamó bizca. Que esta estrella de circo sea inculta no tiene remedio, pero que el canal en su ánimo desaforado de rating permita desde sus libretos este tipo de comentarios es lo verdaderamente cuestionable. Que emisoras como Candela, Radioactiva y otras por el estilo tengan programas mañaneros poco profundos no es tan raro, pero que sus oyentes se conviertan en el objeto de burlas sexuales principalmente, sí es preocupante porque eso solo demuestra una cosa y es que quedan muy pocas personas, no sé si comunicadores que sepan hacer humor con elegancia. Cómo extraño por ejemplo sin ser lo mismo a Les Luthiers.
Hasta hace una década larguita, lo más grave ante un público lector era encontrar por ahí un gazapo, un error de redacción, hoy revistas como Soho han usado en su publicidad a una indígena en el entorno natural, desnuda y todo con sus senos caídos para decirle a sus lectores que eso jamás lo verán ahí claro, porque su promesa básica son las nenas siliconadas de curvas utópicas y perfectas. Cuando esto último sucedió yo pensaba que el más amarillista y asqueroso de todos los impresos era El Espacio, ahora pienso que lo horrendo se ha querido disfrazar de bonito, y no es que sea agradable ver un cadáver con tres puñaladas en el torso pero tampoco lo es burlase de una auténtica mujer.
La pregunta es: si los medios son permisivos con el irrespeto hacia el público en aras de sus ansias de competitividad, cómo se cuestiona entonces el mismo comportamiento de la sociedad en una calle, en el trabajo, en la vida del día a día. Estos le están mostrando directamente a la gente que es válida la burla, el irrespeto, la mala intención con tal de sobresalir en un mundo lleno de tantas opciones.
Lo cierto es que cada vez me indigno más, me aburro más. Pienso que el zapping me ha llevado a ser inconforme y que la aparición de Youtube anuló mi audiencia por las emisoras, que me siento más informada por Twitter que por los diarios, no sé, lo que sí tengo claro es que en un contexto donde la transparencia, la necesidad de información y la apertura mental a diferentes formas de pensar, de ser y de sentir es cada instante más latente, siento que aún los medios tratan a lo público como material de quinta y juegan peligrosamente con el imaginario colectivo de la gente.
No voy a hablar de los contenidos, es válido que haya de todo: desde el programa dedicado a chismosear la vida de la gente como el científico que le enseña a uno algo. Hay de lo banal y de lo profundo, como en la cotidianidad, como en el día a día, y los canales son libres de hacer con su parrilla de programación lo que les venga en gana porque finalmente en una sociedad global, “hay para darle gusto a todos”. Pero ojo, los medios muchas veces confunden la diversidad y la irreverencia, la polémica y la controversia, con la permisividad por el irrespeto. Desde mi óptica, ya son un irrespeto los contenidos estúpidos y poco preparados, pero hasta ahí ‘aguantan’ si se sabe que hay quién los disfrute. Sin embargo darle pie a que se juegue con el ego y la autoestima de las personas, ya eso es otra cosa.
En estos días la ‘gran diva de divas’ denominada así por los medios, más no porque tenga un talento real aparte del de hacerle la guerra al honorable paso del tiempo a punta de trampas quirúrgicas, Grisales, insultó a una participante cuando se burló de su problema de ojos y prácticamente la llamó bizca. Que esta estrella de circo sea inculta no tiene remedio, pero que el canal en su ánimo desaforado de rating permita desde sus libretos este tipo de comentarios es lo verdaderamente cuestionable. Que emisoras como Candela, Radioactiva y otras por el estilo tengan programas mañaneros poco profundos no es tan raro, pero que sus oyentes se conviertan en el objeto de burlas sexuales principalmente, sí es preocupante porque eso solo demuestra una cosa y es que quedan muy pocas personas, no sé si comunicadores que sepan hacer humor con elegancia. Cómo extraño por ejemplo sin ser lo mismo a Les Luthiers.
Hasta hace una década larguita, lo más grave ante un público lector era encontrar por ahí un gazapo, un error de redacción, hoy revistas como Soho han usado en su publicidad a una indígena en el entorno natural, desnuda y todo con sus senos caídos para decirle a sus lectores que eso jamás lo verán ahí claro, porque su promesa básica son las nenas siliconadas de curvas utópicas y perfectas. Cuando esto último sucedió yo pensaba que el más amarillista y asqueroso de todos los impresos era El Espacio, ahora pienso que lo horrendo se ha querido disfrazar de bonito, y no es que sea agradable ver un cadáver con tres puñaladas en el torso pero tampoco lo es burlase de una auténtica mujer.
La pregunta es: si los medios son permisivos con el irrespeto hacia el público en aras de sus ansias de competitividad, cómo se cuestiona entonces el mismo comportamiento de la sociedad en una calle, en el trabajo, en la vida del día a día. Estos le están mostrando directamente a la gente que es válida la burla, el irrespeto, la mala intención con tal de sobresalir en un mundo lleno de tantas opciones.
sábado, 24 de septiembre de 2011
CONFUNDA PERO NO OFENDA
“Confunda pero no ofenda” le decían a uno los mayores cuando se les llamaba por equivocación con un nombre diferente. Mi profesor de semiótica de ese entonces, hubiera llamado al error un lapsus lingus que en teoría freudiana significaría que uno estaba pensando en esa persona que evocó quizá con fines sexuales. No obstante, la connotación de esa ‘confusión’ me quedó grabada para siempre y no por un simple lapsus, sino porque constantemente veo y creo que somos una sociedad que tendemos a confundir o a interpretar no solo lo que nos conviene, sino aquello que nos protege.
En cuanto a lo primero, podría ejemplificarse mejor con el dicho “confunde la gimnasia con la magnesia”, vivimos sumidos en la constante fantasía de ver nuestros sueños realizados, nuestra ciudad en buenas manos, nuestros bolsillos llenos de plata, nuestra cotidianidad salpicada por pequeñas gotas de aventura, que en ocasiones vemos lo que queremos ver, no lo que en realidad está pasando, y terminamos ofendiendo a alguien o lo que es peor, generando una falsa autoestima que dura lo mismo que la espuma.
En cuanto a lo segundo, somos bastante inseguros del entorno, entonces vemos ladrones en caras humildes cansadas por el trabajo –aunque algunas veces el instinto no falla-, creemos que cualquiera que nos ofrezca su amistad algo se trae en mente, o si alguien nos pregunta una dirección ya miramos si tiene la galleta mojada lista para robarnos, o la escopolamina para embobarnos. Ya no vemos compañeros de trabajo sino oportunistas laborales, si alguien nos sonríe en un sitio pensamos que es una echada de perros, si alguien nos habla en el bus, seguro que ya es un fastidio.
¿Qué nos pasa? ¿Cuándo y por qué nos prohibimos disfrutar de las cosas como vienen? ¿Por qué hemos permitido que la decepción nos aleje de la posibilidad que nos da muchas veces la vida en el azar?, ¿por qué siempre pensamos mal? No es un juicio, este sistema social nos ha llevado a ello, no es fácil confiar y creer en un entorno donde todo es peligro, pero en ese ir y venir de prejuicios, se nos está olvidando vivir y nuestra confusión con alevosía o sin ella, de alguna manera nos obliga a ofender igual, de cualquier manera.
Pd. Pido excusas por interpretar mal y excuso a quien interpreta también mal lo aquí escrito.
En cuanto a lo primero, podría ejemplificarse mejor con el dicho “confunde la gimnasia con la magnesia”, vivimos sumidos en la constante fantasía de ver nuestros sueños realizados, nuestra ciudad en buenas manos, nuestros bolsillos llenos de plata, nuestra cotidianidad salpicada por pequeñas gotas de aventura, que en ocasiones vemos lo que queremos ver, no lo que en realidad está pasando, y terminamos ofendiendo a alguien o lo que es peor, generando una falsa autoestima que dura lo mismo que la espuma.
En cuanto a lo segundo, somos bastante inseguros del entorno, entonces vemos ladrones en caras humildes cansadas por el trabajo –aunque algunas veces el instinto no falla-, creemos que cualquiera que nos ofrezca su amistad algo se trae en mente, o si alguien nos pregunta una dirección ya miramos si tiene la galleta mojada lista para robarnos, o la escopolamina para embobarnos. Ya no vemos compañeros de trabajo sino oportunistas laborales, si alguien nos sonríe en un sitio pensamos que es una echada de perros, si alguien nos habla en el bus, seguro que ya es un fastidio.
¿Qué nos pasa? ¿Cuándo y por qué nos prohibimos disfrutar de las cosas como vienen? ¿Por qué hemos permitido que la decepción nos aleje de la posibilidad que nos da muchas veces la vida en el azar?, ¿por qué siempre pensamos mal? No es un juicio, este sistema social nos ha llevado a ello, no es fácil confiar y creer en un entorno donde todo es peligro, pero en ese ir y venir de prejuicios, se nos está olvidando vivir y nuestra confusión con alevosía o sin ella, de alguna manera nos obliga a ofender igual, de cualquier manera.
Pd. Pido excusas por interpretar mal y excuso a quien interpreta también mal lo aquí escrito.
domingo, 28 de agosto de 2011
UNA COSA ES UNA COSA Y OTRA COSA ES OTRA COSA
Siendo un tanto cliché el título quise llamarlo de ese modo porque de alguna manera creo que lo obvio cada vez carece de más importancia en la vida de la gente. Nos hemos acostumbrado los colombianos a tantos desajustes morales de nuestros gobernantes, que también hemos ido perdiendo la facultad de diferenciación entre una cosa y otra cosa.
Pero si eso nos pasa, a nosotros, gente del común, gente “normal”, la del día a día, la de madrugar y trabajar, estudiar y caminar, qué le podrá pasar a los que quieren en este momento, ser alcaldes de nuestra ciudad. Creo que es peor. Peor no porque sean candidatos, ni peor porque sean los menos peores, dentro de los peores –como retahíla escolar- sino porque el mundillo casi extraviado y lejano dentro del cual se mueven, la política, no considero que les permita ser tan cotidianos como el resto del sufrido pueblo.
Yo los veo en sus debates, los veo en sus discursos y entrevistas, en sus campañas oportunistas, y me pregunto si en alguna ocasión alguno de ellos se ha subido en hora pico al ‘Transmi’ que tanto mencionan en sus argumentos. Es muy fácil opinar de un sistema y su logística cuando ellos pasan horondos en sus camionetas de traqueto, mirando el cajetón de sardinas que se visualiza en el carril de al lado. No creo, y me perdonan, que hayan realizado en secreto, el maravilloso experimento al menos por una semana, de tomar una ruta fácil a las 6 de la tarde o de la mañana, igual, para saborear el sentimiento de impotencia que embarga alma y cuerpo, cuando uno tiene cientos de humanidades respirándole, como dicen por ahí, en la nuca. No quiero ni imaginar el suplicio de Parody, Castro, Galán por citar a algunos de ellos, que tendría que soportar al compartir en un pequeño espacio, olores, sabores, sudores, ringtones que se mezclan en una divertida escena donde se puede escuchar The Wall junto con El Amor más grande del planeta. La gente que usa el Transmilenio día a día, tiene más argumentos culturales que los candidatos a la Alcaldía, porque así no ésta no lo sepa o no lo trasciendan socio-culturamente, me parece a mi, se aprende más dentro de un bus acerca de la sociedad que en una cátedra de Antropología o de Sociología.
El híbrido cultural de un sistema de transporte, tiene la riqueza que da lo cotidiano: el estudiante mamado que viene de clase, conectado a su I Pod o Blackberry perdido en su individualidad colectiva –concepto contradictorio ya lo sé-; el grupo de compañeras de trabajo que en todo el camino “pelan” de media empresa; la nena sexi que no puede acomodar sus atributos en medio de tanto bulto; el ejecutivo que tiene pico y placa con cara de “no hay remedio” y se esconde en la multitud maldiciendo pasito; y vienen los niños llorones, el punk borracho, la monja que hizo votos de pobreza, el vendedor que cierra negocios en medio de la bulla, la vieja que se maquilla feo y con el rulo pero lo intenta, el del portacomida hediondo, el extranjero que disfruta el tercermundismo evidente, el cuasi galán que aprovecha el desorden para mirarle el trasero a las mujeres, la señora de la bolsa, el viajero de maleta gigante colgada a la espalda, los criticones-observadores como yo, etc.
Esto, señores candidatos, deberían ustedes conocerlo, vivirlo. Los bogotanos usamos Transmilenio no porque no tengamos carro o porque nos apasione, nos toca porque a pesar de la muchedumbre incansable y ‘empujona’, es actualmente la única manera de viajar algo rápido de extremo a extremo. Mientras ‘Peñalisa’, se jacta de sus conocimientos de administración, y de paso recibe unas poderosas regalías a costa de la necesidad del pueblo, debería echarse una rutica F14 o B14 al revés, para conocer lo “cómodo” del sistema, y de paso, la precariedad con la cual viajan millones de personas en el día.
Mockus y la cultura ciudadana, son un buen argumento de gobierno, pero no sé si el ‘profe’ sepa manejar un automóvil en la capital. Es fácil hablar de cultura cuando uno la tiene, pero esto cambia de matiz cuando se tiene que enfrentar la falencia cultural de otros. En un país como Colombia, en una ciudad como Bogotá, la cultura se vuelve utopía, cuando a uno le pitan porque hace un pare, o lo cierran porque pone la direccional, o se gana un madrazo o un “vieja tenía que ser” cuando se da vía, se quiere ser decente. Entonces en mi caso, renuncié a manejar: dejo que mi marido alemán y colombianizado a punta de las estafas que ha sido víctima, lo haga y se estrese él, y en lo posible uso mis tiquetes ‘transmilenudos’ porque uno metido en la masa amorfa del bus, ni cuenta se da de las barbaridades del tráfico y de los otros, a no ser que me toque ventana o por fortuna, un puesto.
Sé que no es el único tema que tiene que resolver la nueva Alcaldía, pero hoy se lo dedico a este punto, mañana será a otro, porque no hay derecho que los once hablen y hablen, y yo por lo menos no me los he encontrado en un bus. Este experimento, pero desde otra óptica, sí lo hizo Valeriano Lanchas –el que no sepa quién es él pues busque en Google- y se mimetizó como cantante de buseta para observar la reacción de la gente con los artistas informales. Pues Valeriano con su imponente voz, recogió unas moneditas, saboreó la experiencia y se le abona, y algo debió aprender. Pero nuestros queridos candidatos ni siquiera como pasajeros lo han hecho y entonces qué vienen a hablar ahora cuando ellos llegan a sus citas, escoltados, frescos, y si no es a tiempo no es porque no les den vía -porque a mi seguramente me ha tocado dársela más de una vez por la 30 o la Autonorte- y entonces, así es muy difícil que haya alguno que entienda la necesidad de la misma gente que terminará eligiendo a alguno de ellos.
La situación del transporte en Bogotá es algo crucial, si la Alcaldía próxima no desarrolla propuestas que favorezcan el bienestar y la calidad de vida de sus habitantes, en unos años será imposible convivir con las múltiples necesidades de lo cotidiano. El transporte y su ejecución no es solo entonces cuestión de movilidad, lógicamente es el aspecto más cercano al que refiere, sin embargo en dónde queda el cuidado e impacto que tiene sobre el medio ambiente, los costos que se avecinan con la relación tiempo-producción, el sentido estético del entorno, la salud y seguridad por nombrar algunos. En cuanto a la movilidad, los candidatos deben comprender, que el urbanismo y conurbación de Bogotá, ha llevado a que la ciudad se explaye de sus límites y lo seguirá haciendo; entonces la solución no es pretender que la gente viva cerca a sus lugares de trabajo o estudio, imposible, no es decirle a las personas que desempolven su bicicleta y hágale, porque a aunque esta opción es linda, viable y ecológica, por lo menos en el caso de personas como yo que vivimos cargadas de papeles, cosas, afanes, vestimentas formales por nuestro trabajo, la bicicleta no es la solución porque ¿en dónde echamos nuestro arsenal cotidiano? y además, ¿cómo nos pedaleamos 100 cuadras para llegar a tiempo a la citas de trabajo?. La gente que vive en Usme y trabaja por ejemplo, en Usaquén, tiene un horario, un jefe, no puede darse el lujo de los suizos y andar en bici por la ciudad.
La contaminación que genera el uso de vehículos indiscriminado, definitivamente es un asunto de impuestos y de cultura, impuesto al rodamiento pero impuesto también al uso indebido e irracional de dichos medios. En el conjunto donde vivo, tengo vecinos con tres malditos carros y yo me pregunto ¿para qué la gente quiere tanto accesorio?, porque sí, el carro es un accesorio a veces necesario, pero la mayoría de estorbo y de dolor de cabeza. ¿No sería bueno, que la nueva administración de la ciudad, pusiera freno y límite de alguna forma a la adquisición de dichos bienes? Sé que es un tema de apertura, de marketing y de mercados, pero no se puede privilegiar tampoco el sentido comercial de este sector frente a los intereses sociales y ambientales de nuestro lugar de vida. Lógicamente el acervo cultural de esto es mucho más fuerte, porque si hay cultura y conciencia al respecto, no hay estrategia de mercadeo que valga y la gente, el bogotano, sería más consecuente al adquirir estos bienes.
Cuando yo era niña, por allá a mitades de los 80, tener carro era sinónimo de estatus. Infortunadamente este sentir de asociar la posesión al grado de aceptación social, se ha mantenido hasta la fecha. Hoy carro, si bien es cierto no lo tiene todo el mundo, es una cuestión más accesible, y mucha gente cree falsamente que tener una súper camioneta o un carro, el que sea, le da valor, prestigio e importancia. Es falsa cultura es culpa de los sistemas y una Alcaldía, debería pensar realmente en bajar del “curubito” a más de uno. No se trata pues, en mi forma de pensar, que se prohíba la compra de vehículos, pero sí se trata de dificultar un poco el acceso a aquellos productos que denigran contra la esencia humana. Si el marco legal actual es fuerte en cuanto al consumo de tabaco, droga y alcohol, por qué no puede serlo con los autos que también dañan, absorben, envician, contaminan y embrutecen a la gente. A pesar de ello, lógicamente prevalecerá el interés económico por encima de los realmente vitales.
De otro lado, puede que la ciudad necesite mejorar sus vías pero no necesitamos tener más para que se llenen de vehículos que generalmente van ocupados de una persona. Necesitamos espacio para caminar tranquilos los tramos que nos permita el físico, la hora y la gana. Necesitamos opciones, no un sistema monopólico que funciona como le antoja a sus dueños. Necesitamos que los parqueaderos cumplan su labor sin robar como lo hacen ahora. Necesitamos que el uso de la moto sea también controlado, que las escuelas y los CRC –Centros de Reconocimiento de Conductores- no expidan pases como pan de 200 pesos. Necesitamos un alcalde que sea cotidiano, el que haya montado en buseta, al que lo hayan atracado esperando un bus, al que se le haya hecho tarde porque el trancón no lo dejó llegar o porque el alimentador iba “tetiado”, al que conozca algún amigo o familiar que le hayan hecho el paseo millonario, al que le haya tocado una rencilla por la silla azul.
Si uno de los candidatos cumple con este perfil, seguramente con todo y sus conocimientos, títulos, maestrías, doctorados, viajes, o lo que sea, será capaz de pensar la ciudad de una mejor manera, quizá no perfecta, pero por lo menos más amigable, más placentera, más cercana a la estrellas, como sonaba una campaña de hace unos años.
Mientras eso sucede, si es que sucede, seguiré observando a los usuarios de Transmilenio, aprendiendo a chatear en Blackberry apachurrada y a reírme sola como una pendeja con los twits de otros iguales de mamados a mí. Así las cosas, una cosa es que me disguste todo esto, pero otra cosa es que me toque aguantármelo.
Gracias por la atención.
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