Soy cotidiana, y eso para mi ya es muy importante. Desde lo común se perciben cosas y situaciones que no son posibles en otros aspectos. Me gusta el marketing, lo ejerzo y lo he llevado hasta las aulas universitarias, las cuales son mi principal complemento para todo lo demás.
Los animales son otra de mis pasiones y preocupaciones. El medio ambiente y la vida en sociedad son otros temas también que ocupan mis días. Escribo por gusto no por obligación y afortunadamente encontré un trabajo en el que me pagan por hacerlo.
La incertidumbre
es una palabra que genera resistencia, también miedo. No nos criaron ni nacimos
muchos en medio de esta, porque el contexto venía de alguna forma
acostumbrándonos a su habitual acomodo: era estable el trabajo, la economía, el
sistema social y hasta las relaciones. Hoy nos enfrentamos a un derrumbe de
esos paradigmas donde lo único constante es el cambio, y aunque la red y la
literatura estén llenos de expertos hablando del tema o de cómo hacer la
gestión de ese cambio, no nos digamos mentiras, casi nadie, por no decir que
ninguno está preparado para afrontarla.
Es por esto que
quien diga que hay una fórmula para solucionar lo desconocido, de entrada está
mintiendo, pues ¿cómo podemos saber qué hacer cuando no sabemos qué va a pasar?
Sin embargo, lo que sí puedo aportar yo al respecto es que la incertidumbre no es
del todo mala, de hecho, es lo mejor que nos ha podido pasar porque cuando las
cosas son predecibles de verdad pierden el gusto y más en el actual escenario,
donde la gente se aburre muy fácil, nada les sorprende, todo se les va como
agua entre los dedos. Ya Bauman cuando habló de la sociedad líquida, hizo un
grandioso acercamiento a lo que es la trama cotidiana de hoy en la que todo es
efímero, en la que todo pierde valor y en la que cosas y personas van y vienen
sin parecer importarles el tomarse con mayor profundidad la vida.
La incertidumbre
deberá llevarnos obligatoriamente a repensarnos, a transformarnos, a volver
nuestros ojos hacia la esencia del ser. Deberá conducirnos por un camino que no
está abierto y en el que nos corresponde recorrerlo con lo que tengamos, con lo
que sepamos, con lo que cultivemos. Y como no hay fórmulas, lo mejor es aceptar
que está sucediendo, pero más allá de eso, reconocer que como humanos somos frágiles,
somos susceptibles, somos sin excepción proclives a ser víctimas, victimarios o
héroes, todo depende del papel que queramos asumir. De cualquier forma pienso,
que esta nos invita quizá cruelmente para unos y más suavemente para otros, a redefinir
nuestra vida y cómo vemos y tratamos a nuestros semejantes. A ser empáticos, a
ponernos en los zapatos de aquellos que juzgamos desde la falsa tranquilidad de
tenerlo todo y en el fondo, no tenerlo nada.
Lo importante
aquí tampoco es quedarse en la reflexión porque la incertidumbre, la crisis, lo
inexacto, tiene que trascender, tiene que ser el motivador para lograr renacer en
medio de esta o sumirse en la oscuridad. Es una elección, como todo, pero es lo
mejor que nos ha podido pasar en medio de un mundo tan dormido e insensible
como el que hemos construido.
Decir gracias no debería ser
simplemente una palabra que por educación debe pronunciarse obligatoriamente
cuando alguien hace algo por nosotros. Más allá de ser agradecidos por todo lo
que tenemos, lo cual está muy bien, la gratitud es la manera, es la forma como
actúas con aquellos que algún día te dieron algo: su tiempo, su amistad, su
dinero, su confianza, una oportunidad profesional, su conocimiento o en
cualquiera de sus variables, su ayuda.
Mucha gente va por la vida pensando
que son dignos del favor de otros sin nada a cambio, y yo pienso que aún
cuando es cierto que al hacer algo por otros, no debes esperar grandes cosas,
lo que sí creo profundamente es que por lo menos mereces de esas personas, de
esas empresas, si es el caso, respeto y buena actitud.
Ser agradecido no te debe convertir
en alguien que todo el tiempo tenga que estar retribuyendo ese algo que te
brindaron, ni ser un fastidioso que en cada encuentro tengas que recordar con
palabras eso mismo. El solo hecho de abstenerse de hablar mal o de actuar mal, ya
en sí es una forma de agradecimiento, quizá la mejor manera de devolverle al
otro su esfuerzo o su intención.
Esto lo entienden las empresas que
con su cliente interno y externo, no se desperdician en simples frases o
mensajes tales como “gracias por confiar en nosotros” o “gracias por hacer
parte de nuestro equipo”, sino que trascienden a acciones reflejadas en prestar
un mejor servicio, en hacer las cosas bien, en facilitar la vida a esas
personas, en fin, en respetar y valorar a quienes han hecho posible que estén
en el lugar que actualmente ocupan. Es una forma mucho más clara del concepto
de gratitud.
Con las relaciones interpersonales
nada cambia. No se trata de estar llamando, de estar escribiendo, de estar
hablando, pues esto en muchos casos no es posible. Quizá ya no hayan vínculos,
quizá ya no haya manera de estar en continuo contacto, por la razón que sea, o
por qué no, a veces no hay cómo devolver un favor, pero siempre se podrá ser
grato si tienes presente que un silencio prudente, que una actitud considerada,
que el abstenerse de decir, pensar o hacer algo en contra de quien alguna vez
te dio su mano o hizo algo por ti, debe llevarte a pensar que si tu retentiva
no te alcanza para recordar eso, el corazón sí que tiene memoria o debería
tenerla.
Tener palabra es cumplir con aquello
que te comprometiste a hacer. Sea poco o mucho, tener palabra es una garantía
para el otro pero también es la imagen que proyectas, esa, que da credibilidad,
respeto, reputación, porque cuando lo haces no solo estás demostrando quién eres
sino que además te ganas un lugar ya sea en un mercado o en un grupo de
personas que a ciencia cierta, saben que pueden confiar en ti.
En marketing se llama promesa básica
y es cuando un producto o servicio da aquello que muestra en la publicidad o en
el momento de la venta. No puedes ofrecer algo que no estás dispuesto a llevar
a término porque cuando no es así, tus clientes no volverán a comprarte y no podrás
trabajar en el valor de marca porque sencillamente, esta no puede darse si no
hay coherencia en lo que piensas, dices y haces.
Para el personal branding funciona de
la misma manera, si los tres elementos que anteriormente nombré no están
fusionados, trabajados en el mismo orden, no hay ecuación, no hay manera de que
tu palabra sea parte de tu diferenciación, si tus actos van por otra vía, por
la de no cumplir. Anteriormente la gente decía “te doy mi palabra de honor” y
eso bastaba para que otros creyeran que iba a ser así. No había necesidad de firmar
papeles por todo, de tener testigos, de tomar fotos, ni siquiera huellas
dactilares, porque la palabra era precisamente eso: honor, no la excusa barata
para engañar a otros o mostrar una imagen mientras se puede sacar un beneficio
-como pasa ahora- y después perderse para evitar una explicación o en el mejor
de los casos una justificación sincera.
Tener palabra debería considerarse
uno de los puntos más fuertes a trabajar si se quiere lograr una buena imagen tanto
en el campo profesional como en el personal, así como en las circunstancias del
mercado. Como siempre lo he dicho, si al final es muy difícil tener palabra, una
opción muy sencilla será siempre, la de quedarse callado.
La última vez que vi a María C., fue en su apartamento. Era febrero de 2016
unos meses antes de yo irme a vivir a otra ciudad, y nos encontramos para
almorzar como lo habíamos prometido, hablar de nuestras cosas y recordar el
tiempo que compartimos trabajando juntas en Relaciones Públicas. Fue mi mentora
en este tema y gracias a sus enseñanzas empezó mi pasión por el marketing, y
hoy esta entrada va dedicada a su memoria.
Quise comenzar esta vez así para hablar del tema, porque tristemente
estamos acostumbrados a dejar asuntos sin resolver por pequeños o grandes que
sean y en el momento no comprendemos que si no hacemos las cosas en el instante
que es, es muy probable que quizás el “luego” no exista más. Cuando ella y yo nos
despedimos ese día, nos prometimos vernos pronto para un café porque quería
comentarme sobre un proyecto importante que tenía en mente y del cual quería
que yo hiciera parte, pero lo dejamos disolver unos meses entre tanto trabajo y
agite de la vida, de tal forma que ese encuentro nunca se dio y no se dará, y
me arrepiento no haber estado allí porque a lo mejor, uno nunca sabe, yo pudiera
estar contándoles al hacer esta referencia una historia diferente.
Los seres humanos dejamos pasar la oportunidad por la razón que sea, porque
estamos ocupados, porque no tenemos tiempo, porque priorizamos egoístamente
otras cosas y no somos conscientes que a lo mejor cuando no lo intentamos en el
ahora, quizá más adelante ya no se pueda. Tenemos ideas constantes de cómo
cambiar el mundo, de cómo transformar nuestra vida, de cómo avanzar en un
proyecto y es verdad que en ocasiones lo logramos, pero en otras muchas no,
porque nos da miedo, porque nos da pereza, o porque estamos en función de
pensar qué dirá la gente.
¡Y qué carajo importa lo que digan o piensen los otros! si al final de todo,
quien tendrá que llevar las derrotas o las ganancias es cada uno, no los demás.
Muchos negocios se quedan sin nacer, no por falta de creatividad o de
oportunidad, sino por falta del impulso para intentarlo. Mucha gente anda
infeliz por ahí porque no se atreven a dar un salto al vacío pensando solo en los
daños cuando estos ni siquiera se han causado. La primera vez que hice rafting
recuerdo que fue en un río de bajada un poco violenta y debo confesarles que
siempre le he tenido pavor al agua, más bien respeto, y ese día solo sé que me
puse ese chaleco, me aventuré a hacerlo -mi mamá nunca lo supo- y fue algo
arriesgado, pero esa experiencia y otras que he tenido, no las cambio porque lo
bueno fue que ahí estuve y hacen parte de mis recuerdos.
Creo que a pesar de todo lo que ha pasado en estos meses, las personas no
han caído en la cuenta de que la vida está llena de momentos que se viven,
porque los que no, sencillamente no hacen parte de ella. En estos días en los
cuales la incertidumbre es la reina, deberíamos vivirnos cada uno de estos como
si fuera el último, y no, no estoy siendo fatalista, simplemente estoy diciendo
que siempre valdrá la pena intentar lo que sea pero más ahora, cuando no
sabemos con sinceridad lo que nos depara un mundo en el que te vas a dormir y
encuentras muchas cosas diferentes cuando despiertas.
Hoy no me quiero extender mucho en mi escrito, porque creo que he sido
clara en lo que he expuesto. Porque los minutos están corriendo acelerados y
porque ahora precisamente, me esperan unos sueños que están por ahí pendientes
de ser realizados. A todos muchas gracias, les invito a dar ese salto, a subirse
a esa rueda que va a mil y la que quizá nos bote al piso y nos deje golpeados o
más bien nos dé mucho más de lo que estamos esperando: es muy probable que de
cualquier manera, nos podamos bajar de ella con el corazón a mil y felices por
haberlo intentado. Y a ti María C. gracias, por enseñarme tanto, siempre me quedaré
con esa duda de si querías seguir intentándolo.
Personalmente no
voy con las frases de falso positivismo que muchas personas pronuncian frente a
quien ha tenido una pérdida, la que sea -económica, empresarial, laboral,
sentimental, familiar-. Esas tales como: “tú puedes”, “lo que no te mata te
hace más fuerte”, “pasa la página”, “ten fortaleza y continúa”, “todo pasa por
algo”, etc, las concibo como palabras del comodín cotidiano que en efecto, son
pronunciadas en buena parte con toda la buena voluntad del caso por quien las
dice, pero no necesariamente le dan al otro la fuerza y las ganas para
continuar o realmente recuperarse de la situación que sea y mucho menos si
estas, solo son parte de la cortesía pero no están acompañadas de actos auténticos
o franqueza.
En un mundo lleno
de memes inspiradores que inundan Instagram, Facebook y los estados de
WhatsApp, pienso que la empatía y la ayuda indiscutible, proviene más del
silencio respetuoso y de la honesta compañía, de quien se solidariza con lo que
estés viviendo y en lugar de llenarte de expresiones bonitas pero inservibles,
más bien te hace sentir que está ahí, acompañando y quizá mirando cómo te puede
dar una mano.
El discurso de lo
bonito, de lo adornado, no escapa tampoco ni al ámbito empresarial ni al
marketing. Cuando uno llama a una empresa de taxis o de servicios de salud, por
poner un ejemplo, generalmente se encuentra al otro lado con una grabación
impersonal que le recuerda lo “importante que es el cliente para nosotros”,
claro, pero esa importancia no se ve en algunos casos por ningún lado, te
plantan hasta media hora o más a veces, hasta que te contestan la llamada para
decirte posteriormente que no pueden solucionar tu inconveniente o prestarte un
servicio. Mala cosa.
En la vida cotidiana, el caso no es diferente. No sé si es que el mundo
se acostumbró a llenarse de muchos mensajes para justificar las carencias, que
cualquier cosa que suene bien se usa para llenar los espacios de lo que se es
incapaz de dar en lo real. Es cierto que hay prosas bellas, es verdad que
siempre será bonito escuchar halagos, promesas, oraciones alentadoras, pero
también es cierto que si estas no trascienden a los hechos entonces de nada
sirven. Una marca, una empresa, una persona, no pueden andar por ahí llenando
de disertaciones falsas a los demás solo por pretender ser agradables y tratar
de mostrar lo chéveres que son con los otros. Si una marca como parte de su
estrategia comercial dice que sus clientes son lo más importante, pues uno como
cliente deberá sentirse importante, en especial cuando va a hacer un reclamo,
no para cuando le están vendiendo.
Si una empresa habla de lo fundamental que son sus empleados o
colaboradores pues ello deberá trascender en cualquier circunstancia, que no
son las fiestas o las peroratas adornadas en eventos o redes sociales, los que
hacen feliz y productivo a un grupo en el trabajo: es el respeto que se brinda,
incluso cuando hay crisis y debes prescindir de ellos. Y qué decir de las
personas, ahí, el escenario es mucho peor. En la vida nos topamos con muchas de
estas que dicen lo mejor de ti y tienen en sus palabras frasecitas de cajón,
solo cuando les conviene, solo mientras obtienen lo que desean, pero solo
espera a que haya una situación adversa y verás cuántos de estos quedan.
En el marketing y en la vida, las palabras se cuidan, estas, no pueden
ser un simple copy writer publicitario en el que buscas enganchar, conquistar y
luego, hacer de cuenta que nada pasa. Lo dicho o escrito, sólo tiene efecto
cuando se es consecuente con los hechos. Por ello, andar diciendo por ahí
cualquier cosa para “conectar” y luego hacer el tan popular “ghosting” no ha de
servir jamás ni para posicionar un producto ni mucho menos para construir
vínculos válidos, credibilidad y lealtad, sea de marca o sea personal.
La palabra tiene poder cuando va acompañada de sucesos que la
respaldan, no cuando llenas el Instagram de inspiraciones generales que no son
auténticas para un mercado de clientes, para personas, pues no serán jamás
percibidas como genuinas cuando los actos son otros. Estamos en medio de una
pandemia, de una crisis de la que se ha esperado, haya cambios positivos en
todos los aspectos, sin embargo, de modo muy personal considero que esta
situación, ha hecho aún más evidente, no las falencias económicas o
estratégicas, por el contrario, ha mostrado con mayor fuerza lo ineficiente del
discurso amañado y la falsedad del ser humano. Es cierto, que no se puede pedir
a otros que sean diferentes, no se puede exigir a una empresa, marca o persona,
que dé aquello de lo que no tiene, es claro. Sin embargo, sí hay algo que puede
hacerse por lo menos para ser consecuente, y es guardar silencio. Bien decía
por ahí un adagio popular de nuestros abuelos: “la mejor palabra es la que no
se dice” y más si no es necesaria, si no es verdadera.
Acaba de pasar San Valentín y aunque es una fecha de tradición muy norteamericana, muy de Europa, poco a poco en Latinoamérica ha venido tomando fuerza y ya las personas se incorporan a su celebración. En Colombia se conmemora con más fuerza en el mes de septiembre y digamos que lo importante de estos días en todo el mundo, es la intención de recordar a ese amor, a esos seres queridos, a esos amigos para agradecerles su compañía y el afecto que nos han dado o sentimos por ellos.
Pero no voy a hablar de esas fechas, voy a hablar de la importancia que tiene el regalar en general, porque regalar es todo un arte y debe hacer parte de nuestros hábitos de gratitud siempre, en el día a día, a cada hora, en cada momento. Regalar no necesariamente debe ser una acción que esté mediada por el dinero y por un presente material, de hecho cuando se regalan "cosas inmateriales" estamos enfocando mejor este arte. Siempre debemos procurar regalar en la cotidianidad sin dejar de lado las fechas especiales y comerciales pues si usted queriendo rebelarse en navidad, en un cumpleaños o en el día del amor y la amistad porque su argumento es que esto es marketing, pues yo le digo sí, es marketing pero no puede ignorar a quienes ama solo por ello.
No obstante, regalar debería ser un hábito con dos componentes importantes: que sea constante y que sea impactante, y ojo que con ello no quiero decir que impactante está asociado al regalo más caro o al más creativo, quiero decir que ello debe quedar en el mejor lugar de todo ser humano, el corazón. Cuando hablo de constante quiero que usted piense en hacerlo un propósito para su vida espiritual y profesional, porque regalar abre caminos, porque aquí yo hablo de regalar buena actitud, buenas palabras, buenos comportamientos, buenos pensamientos. Entonces, no necesita llevar un objeto todos los días a las personas con quienes comparte su lugar de trabajo o su casa, su entorno, pero sí puede regalar tranquilidad, palabras que construyan y levanten el ánimo, compañía, solidaridad, tantas cosas. Cuando se encuentre con alguien que no tiene un buen semblante no le diga que está feo o gordo, eso no va a cambiar positivamente a esa persona y seguramente sí le estará amargando el resto de día. Sin ser hipócrita, usted puede hacer referencia a un accesorio que lleve puesto, a lo bien que huele, no sé, tantas cosas buenas que usted puede decir y que son un regalo porque estoy segura, usted le hizo el día un poco mejor a esa persona.
Cuando llegue a casa cansado en lugar de pelear con su pareja, sus hijos o su mascota, haga un esfuerzo por compartir lo bueno que le sucedió como una anécdota o algo divertido, por darle un abrazo a esa persona que no vio en todo el día, por darle un beso a quien le acompaña constantemente, eso es un regalo que la gente así sea en silencio agradecerá más que una cantaleta abominable.
Si usted es un jefe regale a sus empleados palabras de agradecimiento por ejemplo, destaque su labor cuando lo hagan bien. Un buen líder no es el que más grita o el que se gana la autoridad a costa del miedo de los demás, un buen líder se gana el respeto y lo da, no lo regala, pero sí puede obsequiar su sabiduría compartiendo su conocimiento y entendiendo que los otros también son seres humanos.
Regale sonrisas, regale actitud cuando llegue a un restaurante o sala de belleza, es cierto que usted está pagando pero quien hace un trabajo para usted quizá esté necesitando en ese momento "un algo" que lo motive a continuar en la vida y usted no solo está ganando riqueza espiritual, también está ganando la posibilidad de que ese otro le regale un mejor servicio del que usted espera, nunca se sabe.
Este es un tema que se puede asociar al personal branding e imagen de marca porque cuando esa actitud de regalar es parte de su estilo de vida, se dará cuenta que será el favorito de otros: en su familia, de sus clientes, del mercado, una diferenciación clara frente a la competencia en todos los ámbitos, porque usted se transforma en una persona especial que ofrece experiencias y momentos buenos, o ¿quien quiere estar al lado del criticón, del gruñón, del chismoso, del que se queja de todo? nadie, excepto los que son iguales a él. Es un tema de Relaciones Públicas porque como he insistido en este y otros contenidos que tengo, no se puede dimensionar hasta donde llega la gratitud de alguien y el poder de recordación que genere en el otro, simplemente porque usted quizá dijo una palabra que se necesitaba en el momento exacto y oportuno, o porque regaló una sonrisa. Eso es abrir puertas.
Quiero aclarar esto. Regalar no es equivalente a dar algo porque se requiere un favor del otro o peor aún, dar algo que ya no necesito. Es muy común escuchar a la gente decir: "hay que darle un regalo a fulano para que nos haga este favor" o "voy a regalar una ropita que ya no me sirve a los más necesitados". Cuidado con ese cruce de conceptos, pues regalar es un acto donde se hace un esfuerzo -no obligado ni con malestar- por otra persona y no es deshacerse de lo que ya no uso.
Lo anterior lo han entendido también algunas marcas y empresas que usted podrá notar en productos que no le "regalan" nada, me refiero a la práctica promocional de "te doy una salsa por la compra del spaguetti" o algo así, o no cobrar. Usted en su negocio cobre lo que tenga que cobrar, pero regale experiencias, momentos inolvidables -ver marketing experiencial, Brand Sense- y entenderá a qué me refiero. No voy a mencionar marcas pero piense en aquellas que en Black Friday sin pedirlo a sus clientes, logran que literalmente se atropellen cuando abren las puertas y no necesariamente porque ese día haya descuentos, es porque aman, adoran la marca por sus buenas prácticas de experiencia con su mercado todos los días del bendito año.
Pues bien, ya para finalizar, mi consejo es que incorpore el hábito de regalar y póngalo en práctica correctamente en el entorno que desee y yo le aseguro que verá resultados, porque es un arte, porque tiene magia y esa la necesitamos a diario para construir nuestra imagen pero también nuestro interior.