Soy cotidiana, y eso para mi ya es muy importante. Desde lo común se perciben cosas y situaciones que no son posibles en otros aspectos. Me gusta el marketing, lo ejerzo y lo he llevado hasta las aulas universitarias, las cuales son mi principal complemento para todo lo demás.
Los animales son otra de mis pasiones y preocupaciones. El medio ambiente y la vida en sociedad son otros temas también que ocupan mis días. Escribo por gusto no por obligación y afortunadamente encontré un trabajo en el que me pagan por hacerlo.
Decir gracias no debería ser
simplemente una palabra que por educación debe pronunciarse obligatoriamente
cuando alguien hace algo por nosotros. Más allá de ser agradecidos por todo lo
que tenemos, lo cual está muy bien, la gratitud es la manera, es la forma como
actúas con aquellos que algún día te dieron algo: su tiempo, su amistad, su
dinero, su confianza, una oportunidad profesional, su conocimiento o en
cualquiera de sus variables, su ayuda.
Mucha gente va por la vida pensando
que son dignos del favor de otros sin nada a cambio, y yo pienso que aún
cuando es cierto que al hacer algo por otros, no debes esperar grandes cosas,
lo que sí creo profundamente es que por lo menos mereces de esas personas, de
esas empresas, si es el caso, respeto y buena actitud.
Ser agradecido no te debe convertir
en alguien que todo el tiempo tenga que estar retribuyendo ese algo que te
brindaron, ni ser un fastidioso que en cada encuentro tengas que recordar con
palabras eso mismo. El solo hecho de abstenerse de hablar mal o de actuar mal, ya
en sí es una forma de agradecimiento, quizá la mejor manera de devolverle al
otro su esfuerzo o su intención.
Esto lo entienden las empresas que
con su cliente interno y externo, no se desperdician en simples frases o
mensajes tales como “gracias por confiar en nosotros” o “gracias por hacer
parte de nuestro equipo”, sino que trascienden a acciones reflejadas en prestar
un mejor servicio, en hacer las cosas bien, en facilitar la vida a esas
personas, en fin, en respetar y valorar a quienes han hecho posible que estén
en el lugar que actualmente ocupan. Es una forma mucho más clara del concepto
de gratitud.
Con las relaciones interpersonales
nada cambia. No se trata de estar llamando, de estar escribiendo, de estar
hablando, pues esto en muchos casos no es posible. Quizá ya no hayan vínculos,
quizá ya no haya manera de estar en continuo contacto, por la razón que sea, o
por qué no, a veces no hay cómo devolver un favor, pero siempre se podrá ser
grato si tienes presente que un silencio prudente, que una actitud considerada,
que el abstenerse de decir, pensar o hacer algo en contra de quien alguna vez
te dio su mano o hizo algo por ti, debe llevarte a pensar que si tu retentiva
no te alcanza para recordar eso, el corazón sí que tiene memoria o debería
tenerla.
Tener palabra es cumplir con aquello
que te comprometiste a hacer. Sea poco o mucho, tener palabra es una garantía
para el otro pero también es la imagen que proyectas, esa, que da credibilidad,
respeto, reputación, porque cuando lo haces no solo estás demostrando quién eres
sino que además te ganas un lugar ya sea en un mercado o en un grupo de
personas que a ciencia cierta, saben que pueden confiar en ti.
En marketing se llama promesa básica
y es cuando un producto o servicio da aquello que muestra en la publicidad o en
el momento de la venta. No puedes ofrecer algo que no estás dispuesto a llevar
a término porque cuando no es así, tus clientes no volverán a comprarte y no podrás
trabajar en el valor de marca porque sencillamente, esta no puede darse si no
hay coherencia en lo que piensas, dices y haces.
Para el personal branding funciona de
la misma manera, si los tres elementos que anteriormente nombré no están
fusionados, trabajados en el mismo orden, no hay ecuación, no hay manera de que
tu palabra sea parte de tu diferenciación, si tus actos van por otra vía, por
la de no cumplir. Anteriormente la gente decía “te doy mi palabra de honor” y
eso bastaba para que otros creyeran que iba a ser así. No había necesidad de firmar
papeles por todo, de tener testigos, de tomar fotos, ni siquiera huellas
dactilares, porque la palabra era precisamente eso: honor, no la excusa barata
para engañar a otros o mostrar una imagen mientras se puede sacar un beneficio
-como pasa ahora- y después perderse para evitar una explicación o en el mejor
de los casos una justificación sincera.
Tener palabra debería considerarse
uno de los puntos más fuertes a trabajar si se quiere lograr una buena imagen tanto
en el campo profesional como en el personal, así como en las circunstancias del
mercado. Como siempre lo he dicho, si al final es muy difícil tener palabra, una
opción muy sencilla será siempre, la de quedarse callado.
Suponer implica de entrada emitir un
juicio basado en el capricho de la razón, jamás en el argumento que resulta de
la certeza o la seguridad de un hecho comprobado. Por ello, suponer es perder,
porque cuando lo hacemos solo estamos dejando que la imaginación sea quien tome
las riendas de un pensamiento, que para este caso no va enfocada a la
creatividad sino más bien a una figura mental que por lo general es equivocada,
es errada.
Siempre que sacamos conclusiones
apresuradas, nos exponemos a llevar a la mente un escenario inexistente que por
cierto, también resulta en el hecho de tomar decisiones que pueden afectar el
desarrollo de lo que sea: la vida y el marketing no funcionan a partir de lo
que “a mi me parece que es así”, funcionan cuando tomo un riesgo que se expresa
en lo que es verdadero, no el prejuicio que se alimenta de pensamientos
fatuos, egoístas.
Tanto para el trabajo con una marca o
producto como para la gestión de relaciones personales, preguntar y hablar
siempre serán la vía correcta para tener la certeza de algo. Si yo quiero saber
qué es exactamente lo que desea un cliente o qué no, más que hacer una encuesta
o disponer de un buzón de sugerencias impersonal, lo mejor siempre será indagar
a estos directamente y de frente todo aquello que quiero saber acerca de mi
servicio o empresa, quizá tome tiempo y esfuerzo pero vale la pena.
En el ámbito de las relaciones
interpersonales con mayor razón. Hay que dejar a un lado el temor, la
vergüenza, la cobardía, de averiguar directamente en el otro qué pasa, qué le
disgusta, qué le gusta, qué le sucede, qué quiere o qué no quiere. Así,
dejaremos con toda seguridad esa mala costumbre de “montarnos en el bus
equivocado”, de esperar lo que nunca va a llegar, de enojarnos cuando no hay
motivos, de quedarnos donde no debemos, o por qué no, de arruinar lo que puede
ser maravilloso y sabotear el instante solo porque queremos creer que algo es
así cuando es todo lo contrario.
Suponer es perder la oportunidad de
conocer a otros en su profundidad, es malograr la esencia de alguien sea un
mercado de clientes, sea una persona. No dejemos que el prejuicio nos diga las
cosas, dejemos que sea la verdad aquella que nos permita actuar, decidir o de
cualquier manera callarlo.
La diferenciación cuesta. Ser
diferente en un mundo de moldes es de valientes, porque no ser igual a lo que es
la mayoría no solo es un trabajo de introspección inicial bastante largo y de
tiempo, sino que además es muy fácil dejarse contaminar por un contexto que ha
vuelto normal comportamientos y tendencias en los que la mayoría quieren
encajar.
Y es que todo esto tiene que ver con
ser aceptados, no importa si para ello decides dejar de ser tú mismo o
reconocer que tu valor diferencial puede ser un atributo interno como ser
servicial, bondadoso, comprensivo, -por poner un ejemplo- porque para los demás
generalmente ser así es ser un “pendejo” y no una persona que se destaca sobre
las otras porque tiene esas características. Es más fácil entonces, adoptar
actitudes de falso “poder”, que los hace ver fuertes, decididos y maduros
cuando en realidad solo copian un esquema social que valida más el ser astuto y
avispado, chistoso o popular, irreverente y vulgar, así esto lleve a la gente a
ser resultado de un mismo molde.
Encontrar un atributo que nos haga
únicos e irrepetibles, pero ante todo, inolvidables como personas o como marca,
es un camino que se recorre en soledad y muy lejos de la aprobación general,
porque en particular ser diferente va en contraposición a la tendencia y a la
moda, es una decisión lejana a las expectativas del imaginario colectivo y hay
una alta probabilidad de que otros no vean eso como algo bueno, sino más bien
como una debilidad o una locura.Lo que
sucede, posteriormente, es que ese factor con el tiempo sí va a ser lo que te
haga recordable de cualquier manera, y como he dicho ya antes: inolvidable.
Y ser inolvidables ya sea para el
caso de un producto o de una persona, es de las mejores cosas que pueden pasar
dentro del concepto de branding, porque de eso se trata, ya que lo que no se
recuerda es fácilmente reemplazable y por supuesto olvidado. Tengo que afirmar
también, que todo esto tiene que darse desde un concepto positivo, porque por
supuesto ser recordados por tener el peor servicio, el más nefasto de los
productos o el individuo más desagradable, no es precisamente de lo que estoy
hablando.
Todos sin excepción, podemos trabajar
en la diferenciación, pero para que esto se dé hay que despojarse no solo del
ego, de igual forma hay que entender que ese factor debe hacer parte de cada
segundo de cualquier acción y pensamiento. Reconocer que no se puede ser
diferente pensando que ello es ir en contraste a todo, pues no necesariamente
es así, pero también entender que no se trata ni de una forma de vestir o
pensar, de una forma de hablar o actuar: es hallar eso que no tiene nadie más y
que seguramente será reconocido y valorado no por grandes grupos de gente o
mercados, sino por quienes están interesados en ti como marca, producto o ser
humano.
En la década de los noventa el
Management no solo se puso de moda por ser una corriente de la administración
muy fuerte en sus conceptos, también porque el mundo comenzaba a evidenciar los
cambios globales, las aperturas económicas y unas transformaciones sociales que
empezaban a dejar atrás el modus operandi tradicional de las empresas y
personas. Uno de mis favoritos, Peter Drucker, sin duda alguna hizo aportes muy
grandes al marketing también, y fue en ese entonces donde entre otras definiciones,
se habló de la competitividad, la ventaja competitiva y la ventaja comparativa,
elementos que caracterizaron la dinámica de los negocios hasta hace muy poco.
Sin embargo, como todo, muchas veces
una teoría no solo se adapta al acomodo, conveniencia y entendimiento de cada
quien, sino que además, se va transformando y da paso a pensamientos y prácticas
muchas veces lejanos de la definición inicial. Se hablaba de competitividad
como un factor que principalmente debía establecerse desde un valor diferencial
y no recuerdo, que Drucker y sus colegas dijeran que ser competitivo era tratar
a como diera lugar de ser el mejor a pesar de los derechos de otros, o que había
que figurar de cualquier modo con tal de destacarse para lograr un lugar “decente”
en la urdimbre social. De esta forma, muchos convirtieron el concepto de
competencia como la excusa para acumular insignias basadas en el materialismo,
otros tantos se fueron llenando o nos fuimos llenando de títulos, saberes,
experiencias certificadas en diplomas porque de lo contrario no se podía ser “competente”
en un mercado laboral, y algunos más tergiversaron esto y trasladaron sus
intereses a acciones atrevidas como los actos desleales de mercado en los
cuales se prometía el cielo y las estrellas aunque fuera mentira, el engaño a
los clientes a partir de prosas adornadas de la publicidad pero con un fondo
pobre y despreocupado.
En algún momento, en algún punto, ser
competitivo dejó de ser atractivo porque todos quisieron ser doctores o
magister, cada quien soñó con tener un cuerpo fit o ser un speaker cotizado, o empresarios
millonarios y exitosos; la mayoría empezaron
a necesitar del like y la aprobación en las redes, a tener reconocimiento y
dinero así algunos tuvieran que robarle los recursos a la nación o a los más
pobres, y las empresas, a posicionar un producto y un servicio aunque sus
clientes estuvieran posteriormente insatisfechos. ¿En qué momento dejó de ser
más importante tener experiencia verdadera a coleccionar papeles?, ¿en qué
parte se escribió que tiene más valor una persona que lleva un traje de Ermenegildo
Zegna o Prada y usa una marca de celular en específico -sabiendo que en muchos
casos deja de pagar un servicio importante por lucir bien así tenga que comer
arroz y huevo a escondidas-?, ¿quién dijo que la mejor empresa y los mejores
productos son los de aquellas que gastan millones en estrategias cuando la
táctica más preciada es el buen trato y cumplir por lo menos con la promesa
básica inicial?
Justo ahora, en la actual situación,
todo lo anterior se ha desnudado, se ha evidenciado. Todas aquellas cosas,
producto de una mentalidad competitiva fundamentada en figurar a cualquier
precio, nos está mostrando que no ha servido de nada. Se enferma el que tiene y
el que no también, se quiebra inevitablemente el del negocio pequeño pero
también el grande -con contadas excepciones-, me atrevo a decir que es la primera
vez en la historia de este planeta, por lo menos en la historia contemporánea,
que todos los seres humanos sin excepción, hemos sido puestos en la misma
situación de vulnerabilidad y no hay quien pueda afirmar con absoluta certeza
que podrá evitar cualquiera de los efectos sociales, económicos y físicos que
ha traído esta pandemia.
Simplemente mi reflexión en esta
oportunidad va orientada a qué pensemos si de verdad todo lo que nos ha llevado
a ser tan exigentes unos con otros, sirve justo ahora que necesitamos otras
cosas, otras perspectivas, otras acciones. Estoy convencida que el trabajo colectivo
es el que puede dar mejores resultados. Todas aquellas pretensiones, todo ese
querer ser mejores está muy bien si de verdad al final del día en lugar de
preguntarse si hoy fui competitivo, más bien nos preguntamos si hoy transformé
favorablemente la vida de alguien. Creo en realidad, que eso, es ser competitivo.
La última vez que vi a María C., fue en su apartamento. Era febrero de 2016
unos meses antes de yo irme a vivir a otra ciudad, y nos encontramos para
almorzar como lo habíamos prometido, hablar de nuestras cosas y recordar el
tiempo que compartimos trabajando juntas en Relaciones Públicas. Fue mi mentora
en este tema y gracias a sus enseñanzas empezó mi pasión por el marketing, y
hoy esta entrada va dedicada a su memoria.
Quise comenzar esta vez así para hablar del tema, porque tristemente
estamos acostumbrados a dejar asuntos sin resolver por pequeños o grandes que
sean y en el momento no comprendemos que si no hacemos las cosas en el instante
que es, es muy probable que quizás el “luego” no exista más. Cuando ella y yo nos
despedimos ese día, nos prometimos vernos pronto para un café porque quería
comentarme sobre un proyecto importante que tenía en mente y del cual quería
que yo hiciera parte, pero lo dejamos disolver unos meses entre tanto trabajo y
agite de la vida, de tal forma que ese encuentro nunca se dio y no se dará, y
me arrepiento no haber estado allí porque a lo mejor, uno nunca sabe, yo pudiera
estar contándoles al hacer esta referencia una historia diferente.
Los seres humanos dejamos pasar la oportunidad por la razón que sea, porque
estamos ocupados, porque no tenemos tiempo, porque priorizamos egoístamente
otras cosas y no somos conscientes que a lo mejor cuando no lo intentamos en el
ahora, quizá más adelante ya no se pueda. Tenemos ideas constantes de cómo
cambiar el mundo, de cómo transformar nuestra vida, de cómo avanzar en un
proyecto y es verdad que en ocasiones lo logramos, pero en otras muchas no,
porque nos da miedo, porque nos da pereza, o porque estamos en función de
pensar qué dirá la gente.
¡Y qué carajo importa lo que digan o piensen los otros! si al final de todo,
quien tendrá que llevar las derrotas o las ganancias es cada uno, no los demás.
Muchos negocios se quedan sin nacer, no por falta de creatividad o de
oportunidad, sino por falta del impulso para intentarlo. Mucha gente anda
infeliz por ahí porque no se atreven a dar un salto al vacío pensando solo en los
daños cuando estos ni siquiera se han causado. La primera vez que hice rafting
recuerdo que fue en un río de bajada un poco violenta y debo confesarles que
siempre le he tenido pavor al agua, más bien respeto, y ese día solo sé que me
puse ese chaleco, me aventuré a hacerlo -mi mamá nunca lo supo- y fue algo
arriesgado, pero esa experiencia y otras que he tenido, no las cambio porque lo
bueno fue que ahí estuve y hacen parte de mis recuerdos.
Creo que a pesar de todo lo que ha pasado en estos meses, las personas no
han caído en la cuenta de que la vida está llena de momentos que se viven,
porque los que no, sencillamente no hacen parte de ella. En estos días en los
cuales la incertidumbre es la reina, deberíamos vivirnos cada uno de estos como
si fuera el último, y no, no estoy siendo fatalista, simplemente estoy diciendo
que siempre valdrá la pena intentar lo que sea pero más ahora, cuando no
sabemos con sinceridad lo que nos depara un mundo en el que te vas a dormir y
encuentras muchas cosas diferentes cuando despiertas.
Hoy no me quiero extender mucho en mi escrito, porque creo que he sido
clara en lo que he expuesto. Porque los minutos están corriendo acelerados y
porque ahora precisamente, me esperan unos sueños que están por ahí pendientes
de ser realizados. A todos muchas gracias, les invito a dar ese salto, a subirse
a esa rueda que va a mil y la que quizá nos bote al piso y nos deje golpeados o
más bien nos dé mucho más de lo que estamos esperando: es muy probable que de
cualquier manera, nos podamos bajar de ella con el corazón a mil y felices por
haberlo intentado. Y a ti María C. gracias, por enseñarme tanto, siempre me quedaré
con esa duda de si querías seguir intentándolo.
Personalmente no
voy con las frases de falso positivismo que muchas personas pronuncian frente a
quien ha tenido una pérdida, la que sea -económica, empresarial, laboral,
sentimental, familiar-. Esas tales como: “tú puedes”, “lo que no te mata te
hace más fuerte”, “pasa la página”, “ten fortaleza y continúa”, “todo pasa por
algo”, etc, las concibo como palabras del comodín cotidiano que en efecto, son
pronunciadas en buena parte con toda la buena voluntad del caso por quien las
dice, pero no necesariamente le dan al otro la fuerza y las ganas para
continuar o realmente recuperarse de la situación que sea y mucho menos si
estas, solo son parte de la cortesía pero no están acompañadas de actos auténticos
o franqueza.
En un mundo lleno
de memes inspiradores que inundan Instagram, Facebook y los estados de
WhatsApp, pienso que la empatía y la ayuda indiscutible, proviene más del
silencio respetuoso y de la honesta compañía, de quien se solidariza con lo que
estés viviendo y en lugar de llenarte de expresiones bonitas pero inservibles,
más bien te hace sentir que está ahí, acompañando y quizá mirando cómo te puede
dar una mano.
El discurso de lo
bonito, de lo adornado, no escapa tampoco ni al ámbito empresarial ni al
marketing. Cuando uno llama a una empresa de taxis o de servicios de salud, por
poner un ejemplo, generalmente se encuentra al otro lado con una grabación
impersonal que le recuerda lo “importante que es el cliente para nosotros”,
claro, pero esa importancia no se ve en algunos casos por ningún lado, te
plantan hasta media hora o más a veces, hasta que te contestan la llamada para
decirte posteriormente que no pueden solucionar tu inconveniente o prestarte un
servicio. Mala cosa.
En la vida cotidiana, el caso no es diferente. No sé si es que el mundo
se acostumbró a llenarse de muchos mensajes para justificar las carencias, que
cualquier cosa que suene bien se usa para llenar los espacios de lo que se es
incapaz de dar en lo real. Es cierto que hay prosas bellas, es verdad que
siempre será bonito escuchar halagos, promesas, oraciones alentadoras, pero
también es cierto que si estas no trascienden a los hechos entonces de nada
sirven. Una marca, una empresa, una persona, no pueden andar por ahí llenando
de disertaciones falsas a los demás solo por pretender ser agradables y tratar
de mostrar lo chéveres que son con los otros. Si una marca como parte de su
estrategia comercial dice que sus clientes son lo más importante, pues uno como
cliente deberá sentirse importante, en especial cuando va a hacer un reclamo,
no para cuando le están vendiendo.
Si una empresa habla de lo fundamental que son sus empleados o
colaboradores pues ello deberá trascender en cualquier circunstancia, que no
son las fiestas o las peroratas adornadas en eventos o redes sociales, los que
hacen feliz y productivo a un grupo en el trabajo: es el respeto que se brinda,
incluso cuando hay crisis y debes prescindir de ellos. Y qué decir de las
personas, ahí, el escenario es mucho peor. En la vida nos topamos con muchas de
estas que dicen lo mejor de ti y tienen en sus palabras frasecitas de cajón,
solo cuando les conviene, solo mientras obtienen lo que desean, pero solo
espera a que haya una situación adversa y verás cuántos de estos quedan.
En el marketing y en la vida, las palabras se cuidan, estas, no pueden
ser un simple copy writer publicitario en el que buscas enganchar, conquistar y
luego, hacer de cuenta que nada pasa. Lo dicho o escrito, sólo tiene efecto
cuando se es consecuente con los hechos. Por ello, andar diciendo por ahí
cualquier cosa para “conectar” y luego hacer el tan popular “ghosting” no ha de
servir jamás ni para posicionar un producto ni mucho menos para construir
vínculos válidos, credibilidad y lealtad, sea de marca o sea personal.
La palabra tiene poder cuando va acompañada de sucesos que la
respaldan, no cuando llenas el Instagram de inspiraciones generales que no son
auténticas para un mercado de clientes, para personas, pues no serán jamás
percibidas como genuinas cuando los actos son otros. Estamos en medio de una
pandemia, de una crisis de la que se ha esperado, haya cambios positivos en
todos los aspectos, sin embargo, de modo muy personal considero que esta
situación, ha hecho aún más evidente, no las falencias económicas o
estratégicas, por el contrario, ha mostrado con mayor fuerza lo ineficiente del
discurso amañado y la falsedad del ser humano. Es cierto, que no se puede pedir
a otros que sean diferentes, no se puede exigir a una empresa, marca o persona,
que dé aquello de lo que no tiene, es claro. Sin embargo, sí hay algo que puede
hacerse por lo menos para ser consecuente, y es guardar silencio. Bien decía
por ahí un adagio popular de nuestros abuelos: “la mejor palabra es la que no
se dice” y más si no es necesaria, si no es verdadera.